2015-03-14

Ebanjelioa irudietan


Creo que desilusionarse de alguien no es tan malo después de todo. Es más, me inclino a pensar que a veces es bueno que suceda. Tal vez es el paso necesario -¿obligado?- aunque no el único, para descubrir el misterio que es cada ser humano y construir vínculos más auténticos. Puede ser que alguien nos desilusione porque ha roto una promesa, traicionado una amistad, o faltado a la verdad, pero no me refiero a esta desilusión, que sabemos que duele profundamente. Me refiero a la desilusión que proviene de comprobar que no hubo deseo sincero de descubrir al otro. Cuando el ego que cree saberlo todo, conocerlo todo, controlarlo todo, comprueba que no puede obligar a alguien que sea alguien distinto de lo que es, también suele decir «me desilusionaste».
Duele darse cuenta de que alguien no pretendía descubrirte como único e irrepetible, sino que deseaba que respondieras al modelo de persona que había imaginado que fueras. Solemos hacer esto: proyectar sobre los demás lo que queremos que ellos sean. Cargamos sobre los demás –y lo hacen sobre nosotros- deseos, anhelos y sueños, y terminamos una relación o rompemos un vínculo llamándoles traidores a quienes no quisieron responder a las propias fantasías. Es triste escuchar, después de un tiempo, que alguien te diga «me desilusionaste», y comprobar luego que lo hace porque no quisiste dejar de ser tú mismo para cumplir sus propias expectativas. A veces me pregunto si no seguimos construyendo “amigos imaginarios” como lo hacíamos en la infancia. ¡Qué difícil es construir vínculos auténticos y duraderos sin respetar el misterio que es cada persona! Quien no está dispuesto a dejar a los demás ser quienes son, difícilmente encuentre alguien que lo ame de verdad. El amor al ser humano puede transformar el corazón porque deja emerger el misterio que somos mientras que la fantasía de nos forjamos de los demás no hacen otra cosa maquillar y disfrazar lo que ni siquiera conocen.
P. Javier Rojas sj