2014-04-04

40 días con los últimos - ERITREA - Vivir en tierra hostil

Vivir en tierra hostil







ERITREA
Población: 4.980.000 h.
IDH: 0,351 (puesto nº181 de 187)
Población que vive en tierras degradadas: 59,0 %

Población que vive en tierras degradadas
Desde hace pocos años el PNUD incluye en sus informes el porcentaje de la población que vive entierras gravemente degradadas o muy gravemente degradadas. Los cálculos de degradación de la tierra consideran la biomasa, el estado del suelo, la cantidad de agua y la biodiversidad, así como el rango de gravedad. 
Eritrea, con un 59,0 % de su población viviendo en tierras degradadas, es el cuarto país del mundo con peor dato en este índice, detrás de Lesoto, Etiopía y Burkina Faso. El mismo Informe señala que el 25,0 % de la población de África subsahariana vive en tierras degradadas.
Según la FAO, la degradación de las tierras afecta en el mundo casi al 70 por ciento de los terrenos de pastos, al 40 por ciento de las tierras de secano y al 30 por ciento de las de regadío. Más de un cuarto de la superficie de tierra cultivable en el mundo se ve afectada por la desertificación. Los datos son preocupantes, pues cuesta mucho más rehabilitar la tierra degradada que prevenir su degradación.

Tabla del PNUD sobre el Índice de Población que vive en tierras degradadas:
https://data.undp.org/dataset/Population-living-on-degraded-land-/nric-gjtm

Población que vive en tierras degradadas

La dura vida en el nuevo asentamiento
www.unicef.org
Senay (izda, 10 años) y Lula (dcha, de 4 años) en su hogar
improvisado en la región meridional de Debub. Su comunidad
fue desplazada durante el conflicto fronterizo de 1998-2000 y
han sido reinstalados en una zona que carece de servicios
sociales suficientes. (Foto: UNICEF)
A medida que las nubes azules y grises se arremolinan en el cielo, una ráfaga de viento helado barre el terreno, y la lluvia empieza a caer, primero un chubasco moderado, luego un verdadero torrente, haciendo que la tierra seca y agrietada se convierta en lodo herrumbroso. Tebereh, de 40 años de edad, coge a su hija de cuatro años, Lula, mientras se reajusta la correa que sujeta precariamente un bidón lleno de agua que lleva sobre su frágil espalda. Da con el codo a su hijo Senay, de siete años, para que acelere el paso, ya que sólo han recorrido la mitad del camino que asciende a las colinas para llegar a su casa, en la aldea de Lahyo. Tebereh hace una mueca cuando se levanta la neblina, preocupada por los otros cinco hijos que ha dejado en casa, en especial por su hijo menor, quien ha estado enfermo durante los últimos días.
“Tiene fiebre y no come desde hace unos días,” dice Tebereh buscando la montaña.
La lluvia no dura mucho, y al cabo de una hora Tebereh y sus hijos llegan a la meseta de Lahyo, en la región meridional de Debub, a una altitud de 2.400 m sobre un escarpe que da a la frontera. La comunidad de Tebereh, al igual que otras comunidades cerca de Lahyo, fue desplazada durante el conflicto fronterizo de 1998-2000 y reasentada en febrero de 2006 para permitir que las familias empezaran a rehacer sus vidas. Al igual que Tebereh y su familia, muchas familias retornadas o reasentadas aún viven en condiciones precarias, y los servicios sociales básicos en las comunidades de acogida, incluidas las fuentes de agua y la atención de la salud, están al límite de sus posibilidades.
Mientras esperan a que se construya el nuevo sistema de agua, las familias recorren un trayecto de tres horas hasta el río, al pie de la colina, para buscar agua. Como sucede en la mayoría de las zonas rurales de Eritrea, en particular en aquellas montañosas y de difícil acceso, la escasez de agua tiene graves consecuencias en la salud de los niños. Las infecciones respiratorias y la diarrea, que llevan a la deshidratación y a la desnutrición, son comunes entre los niños.
Tebereh está criando a sus hijos sin ayuda de nadie, algo que ocurre con mucha frecuencia en Eritrea, donde el 47 por ciento de los hogares están encabezados por una mujer. Caminar largas distancias para llegar a una instalación sanitaria, mientras dejan al resto de sus hijos solos en casa, es para muchas mujeres el último recurso, y los niños a menudo pierden la oportunidad de recibir tratamiento.
Para alimentar a su familia, Tebereh se ocupa de una pequeña parcela en la que cultiva garbanzos. La sequía, las lluvias imprevistas y la enfermedad de las plantas del año anterior tan sólo le han permitido obtener una cosecha y unos ingresos modestos. “Da mucho trabajo, y tengo que dejar a mis hijos en casa, aunque los mayores pueden al menos ir a la escuela mientras estoy trabajando,” dice Tebereh.
UNICEF ha estado respondiendo a las necesidades básicas de la población internamente desplazada en las nuevas zonas de reasentamiento, proporcionando agua potable mediante la construcción y rehabilitación de sistemas de suministro de agua; construyendo escuelas temporales y suministrando material escolar; y distribuyendo productos no alimentarios y kits sanitarios de emergencia.

Leer artículo completo en: http://www.unicef.org/spanish/har08/index_eritrea_feature.html

Para la reflexión, acción y oración
En todo el mundo la tierra está generalmente cada vez más degradada. Aquí estamos hablando de población que vive en tierras gravemente degradadas o muy gravemente degradadas. ¡Y en algunos países supera la mitad de la población! En ocasiones se trata de desplazados internos por conflictos violentos que han tenido que asentarse en peores tierras. Y otras veces son poblaciones estables que han visto cómo su hábitat se ha ido degradando por el cambio climático y la desertización. Por eso, todo lo que podamos hacer por contribuir a la justicia, la paz y a la integridad de la Creación (JPIC) estará contribuyendo positivamente a mejorar las condiciones de vida de estas personas, aunque estén lejos y no las veamos. Todo está relacionado.
¿Qué pasos puedo seguir dando para contribuir con mi vida a algún aspecto de la JPIC?

¡A ti te invoco, Señor! Pues el fuego devora las dehesas y la llama consume todos los árboles del campo. Hasta las fieras te rugen pues se han secado las corrientes de agua y el fuego devora las dehesas. (Jl 1, 19-20)

Señor Dios nuestro, autor de la Creación,
perdona nuestra parte de responsabilidad
en la degradación de la tierra, del agua, del aire,
que sufren sobre todo los más pobres.
Haznos sensibles a su situación
y responsables en nuestra forma de vida.

La vida dura en el penúltimo asentamiento
Esteban Velázquez SJ
Nador (Marruecos)
Una de las tareas de mi nueva misión en Nador es el trabajo del equipo de la delegación de Migraciones de la diócesis de Tánger. Nuestro trabajo es de carácter humanitario, sobre todo, en el campo de la salud, con la población emigrante que vive o, mejor, malvive en los montes cercanos a la frontera Nador-Melilla. Atendemos a los heridos resultantes de los diferentes intentos de saltar la valla fronteriza y de la actuación policial de uno u otro lado de la frontera. Un drama que no cesa.
Los atendemos en el hospital de Nador o en los centros de salud de la zona, les compramos las medicinas que les recetan y los acompañamos a sus diferentes lugares cuando no son capturados y transportados por la policía a Oujda, en la frontera con Argelia. Además atendemos habitualmente a cualquier enfermo de consideración de los montes desde donde pueden llamarnos las veinticuatro horas todos los días del año. Por otro lado, distribuimos, cuando el control policial no lo impide, material indispensable (kits higiénicos, plásticos y mantas) para evitar males mayores de su salud y para que puedan sobrevivir en las duras condiciones de la montaña, ¿su penúltimo asentamiento?
Estas personas dejan atrás, no siempre tierras degradadas, pero sí situaciones extremas que les hacen salir en busca de una tierra de acogida que tantas veces les vuelve la espalda.
Esta realidad fronteriza de la emigración en Nador-Melilla que, con diferentes matices, existe también en otras fronteras o cosas del Norte de África, puede tener diferentes interpretaciones: política, histórica, económica, humanitaria, de derechos humanos, etc. Yo quiero centrarme en la ético-espiritual y teológica, una perspectiva aparentemente inocua y poco práctica. Estos miles de hermanos nuestros subsaharianos que, con un enorme tesón y capacidad de resistencia (para algunos, excesiva, irracional y sin futuro) insisten una y otra vez en pasar a Europa, son, ante todo, un gemido, un grito de muchos de los pueblos más pobres de la tierra. Un grito de desesperación y de reinvindicación. Las llamadas del papa Francisco desde la isla de Lampedusa son una muestra de lo que quiero decir.
Si un día gritamos en muchos lugares ¡0,7 % ya! y más recientemente ¡Democracia real ya! (pensando, sobe todo, aunque no exclusivamente, en las democracias internas de cada país), creo que es el momento, siempre lo fue, de dar prioridad a otro grito que no contradice los anteriores pero que los sitúa: ¡Justicia internacional ya! (especialmente con África). Y ésta es una llamada, un grito fundamentalmente ético-espiritual. ¿Qué son, si no, la ética y la espiritualidad sino aquellas actitudes y demandas internas que, entre otras cosas, nos llevan a priorizar en nuestra hoja de ruta personal el trabajo para que lo más necesario y urgente, para que la vida sea vida, para que pueda ser una realidad universal y para que los bienes de la tierra y del cosmos sean accesibles a todos con la urgencia que demanda el amor?