2014-04-03

40 días con los últimos - BURUNDI - El cambio climático y el crecimiento de los niños

El cambio climático y el crecimiento de los niños






BURUNDI
Población: 9.129.000 h.
IDH: 0,355 (puesto nº178 de 187)
Niños menores de 5 años con retraso en el crecimiento por problemas medioambientales: 63,1 %

Niños menores de 5 años con retraso en el crecimiento por problemas medioambientales
En el Informe del PNUD de 2011 se incluye este índice, que a primera vista puede sorprender: ¿qué tienen que ver los problemas medioambientales con el crecimiento de los niños? Lo cierto es que en algunos países la relación es muy directa.
En los últimos años en Burundi se han registrado un número inusual de desastres naturales que han contribuido al deterioro de la seguridad alimentaria, destruyendo casas y arruinando cosechas. Los efectos del cambio climático se resienten en todo el país. En 2010, inundaciones; en 2009, sequías que supusieron la pérdida del 75% de las cosechas. La deforestación está agravando las condiciones climatológicas; desde los 90 se ha perdido el 40% del bosque nacional.
Cuando una familia no tiene suficiente para comer, reduce la calidad de los alimentos por mayor cantidad para prevenir pasar hambre, sobre todo los niños. Cuando casi tres cuartas partes de la población sufren esta situación, se convierte en una sociedad al borde de la enfermedad. Una pobre nutrición, influye sobre la salud a lo largo de todo el ciclo de la vida y es una causa principal de la elevada mortandad infantil. Y, en caso de sobrevivir, el desarrollo emocional e intelectual del niño se ve afectado. La inseguridad alimentaria no es sólo un grave problema para el hoy sino que condiciona el desarrollo de las generaciones futuras.

Niños menores de 5 años con retraso en el crecimiento por problemas medioambientales.
Mayores tasas

De la teoría a la práctica en el corazón de África
Mª Auxiliadora Nieves Vázquez
Médica cooperante en Burundi
Amanece un nuevo martes, Teresa, cooperante italiana desde hace años en Burundi, vuelve a entrar en las salas dedicadas a la prevención materno infantil que tiene el dispensario de Gasura, situado en una aldea de la provincia de Kirundo, al Noreste de este país. Desde primeras horas una multitud de mujeres se han reunido a la entrada, tomando una taza de impeke (bebida de sorgo), esperan que abran las puertas. Todas portan un bebe a la espalda, y de la mano, otro u otros niños entre tres y seis años, aquellos que aún no van a la escuela. Saben que todos los martes y jueves, en la gran cocina de este dispensario las cacerolas bullen y que encuentran un lugar donde compartir, aprender y llenar el vientre de sus hijos, y todo entre risas y cantos. Pero antes de entrar a cocinar, hay que pasar por la larga fila donde se pesa y se mide a cada niño, aquí se detectan los que están bajos de peso y se hace el seguimiento de los que llevan semanas viniendo por desnutrición crónica; si se descubre una malnutrición aguda se envía a un centro de referencia de UNICEF.
El Índice de Hambre Global de 2010 elaborado por IFPRI (Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias) y que compara la situación nutricional de los países, sitúa a Burundi en el penúltimo puesto antes de R. D. del Congo. Naciones Unidas, ha clasificado como alarmante la situación alimentaria del país. Concretamente el 23% de los hogares sufren inseguridad alimentaria, el 65% de la población es desnutrida crónica y el 52% de los menores de cinco años tienen malnutrición crónica. La escasez de tierra y el alto ratio de crecimiento de la población combinado con que la agricultura es extremadamente básica, herramientas rudimentarias, agricultura de subsistencia, propiedad de tierra fragmentada, dificultad de acceder a crédito y alto ratio de pobreza en la población rural (la población rural en Burundi es el 90%) son alguna de las causas de esta inseguridad alimentaria. Los escasos recursos económicos impiden a la población tener una dieta sana, completa y equilibrada, a ello se añade unas condiciones sanitarias precarias, unos servicios sanitarios insuficientes y una falta de higiene muy extendida.
Cecile Miburo viene desde que las abundantes lluvias arruinaron su cosecha de judías. En casa no tenía nada que dar de comer a sus hijos de tres y cinco años y sus pechos apenas podían alimentar a la pequeña de meses. Cuando acudió al centro descubrió no sólo que sus hijos tenían hambre, que fue lo que la hizo venir, sino que además tenían menos peso y talla para su edad, y ciertos signos de desnutrición crónica.
Micheline, una enfermera local, acompañada por Teresa, comienza las clases de sensibilización y educación. Cada día, dos horas de diversos temas que se centran en la higiene y cómo evitar enfermedades, en la diversidad de alimentos y en cómo combinarlos en las dietas, cómo alimentar a sus hijos mejor, y en educar en nuevas habilidades para ayudar a mejorar la salud de sus hijos.
Teresa termina siempre las charlas enseñándoles la bola del mundo, ella siempre dice: "quiero que estas mujeres que no se han movido de sus colinas sepan que la tierra es redonda, que el mundo es inmenso, pero que Burundi es el corazón de África."
Lo dicho en la teoría pasa a la práctica en la cocina, primero un buen lavado de manos y luego, limpiando el arroz, pelando patatas, lavando adecuadamente frutas y hortalizas, un pedacito de cabra y un chorro de aceite. Comida fraterna y después una buena limpieza de los utensilios y de la sala. Se termina con el reparto de musalak (un preparado de cereales, leche y otros alimentos) y de semillas de soja. Las mujeres parten con la azada sobre sus cabezas, todavía tienen que pasar por sus pequeños campos. Volverán de nuevo el jueves; encontrarán comida caliente, y también esperanza. Y con el apoyo del grupo e información podrán adquirir alguna herramienta para mejorar la salud de sus hijos.

Para la reflexión, acción y oración

Un tema clave en este Informe es que los más desfavorecidos del mundo llevan una "carga doble". Además de ser más vulnerables a la degradación ambiental, deben hacer frente a las dificultades ambientales inmediatas derivadas de la contaminación intradomiciliaria, el agua no potable y el saneamiento no mejorado (Informe PNUD 2011, p. 49).
Las personas más desfavorecidas tienen poco que ver con la generación del deterioro ambiental global, pero con frecuencia son las más castigadas por sus impactos: en muchos casos, los más pobres son y seguirán siendo los más afectados por las consecuencias del deterioro ambiental, pese a que su contribución al problema es mínima (Id. p. 3).
¿Es justo que los que menos contribuyen al cambio climático sean los que más sufran sus consecuencias? 

En aquel tiempo, decía Jesús a la gente: «Cuando veis subir una nube por el poniente, decís en seguida: "Chaparrón tenemos", y así sucede. Cuando sopla el sur, decís: "Va a hacer bochorno", y lo hace. Hipócritas: si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que es justo? (Lc 12,54-57)

Padre, perdónanos
porque no sabemos lo que hacemos.
Enséñanos a discernir lo que es justo
para que no tengan unos que sufrir
las consecuencias de la inconsciencia de otros.
¡Sobre todo los niños!


Niños menores de 5 años con retraso en el crecimiento por problemas medioambientales
Charo Mármol
Padre, Madre, perdónanos porque sí sabemos lo que hacemos, porque nos negamos a conocer las consecuencias de nuestras acciones, porque muchas veces tenemos la actitud del avestruz que ante el peligro esconde la cabeza bajo el ala.
Hace mucho tiempo que surgieron los ecologistas denunciando y anunciado el daño medioambiental que podíamos sufrir a nivel global. “Profetas de calamidades”, les llamábamos. 
Aún hoy muchas voces siguen diciendo que no hay un cambio climático, que no es para tanto… También a los profetas del Antiguo Testamento los rechazaron porque les anunciaban lo que no querían ver. Porque cuando vemos, entonces tenemos que cambiar nuestros comportamientos. Y eso cuesta
Y mientras, los hombres y mujeres sufren las consecuencias de nuestras omisiones. El pecado de omisión, ese que más cometemos y del que más nos olvidamos.
Pecado de omisión cuando no uno mi grito a esa multitud empobrecida que muere lentamente de hambre en muchas partes del mundo, pero sobre todo en África.
Pecado de omisión cuando no denuncio las políticas comerciales internacionales injustas, que favorecen a los poderosos del Norte y empobrece aún más a los pobres del Sur.
Nuestro exceso de consumo es el incremento de su pobreza. Lampedusa, Algeciras… son receptores de aquellos africanos y africanas que huyen de una pobreza extrema de, muchas veces, una muerte segura. Emprenden un viaje en busca de El Dorado pero se encuentran nuevamente con la exclusión y la pobreza. Y en muchas ocasiones el final del viaje es la muerte en los mares que cruzan.
Pero hay una parte de la población, una gran parte de la población, que no tiene tan siquiera la capacidad de decidir si irse o quedarse, de elegir entre una vida empobrecida para siempre o una posible salida de la miseria. Son los niños y las niñas, los más débiles, los más indefensos, los que no ven truncados sus sueños porque casi no llegan a la edad de soñar. “Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.” (Mt 25, 40).
Hoy no podemos decir : «¿Cuándo te vi desnudo y no te vestí? ¿Cuándo pasaste hambre y no te di de comer?» Los medios de comunicación nos tienen informados de lo que pasa a nivel global, las ONGs, las comunidades religiosas nos cuentan lo que están haciendo para ayudar a disminuir la brecha entre el Norte y el Sur. Hoy no podemos decir: «Yo no sabía, yo no te ví…». Como decía un eslogan de hace unos años de una ONG: nuestra indiferencia nos hace cómplices.