2014-03-11

40 días con los últimos - GUINEA ECUATORIAL

El desigual reparto de la esperanza de vida







GUINEA ECUATORIAL
Población: 1.876.000 h.
IDH: 0,554 (puesto nº136 de 187)
Indice de esperanza de vida ajustado por la desigualdad: 0,270
(pérdida del 45,1 %)


Índice de esperanza de vida ajustado por la desigualdad (IIAD)

El jueves pasado presentábamos el índice de esperanza de vida, es decir, lo que un ciudadano medio de un país puede esperar vivir. Y veíamos las grandes diferencias entre unas naciones y otras. Hoy dirigimos la lupa al interior de cada país, preguntándonos cómo está "repartida" esa esperanza de vida. Es lo que intenta reflejar el Índice de esperanza de vida ajustado por la desigualdad (IIAD), es decir, lo que el índice de esperanza de vida (dato que sirve para calcular el IDH) retrocede al considerar la variable de la distribución desigual. Los países que maś retroceden en esto son Chad, Afganistán, Guinea Bissau y la R. D. Congo (los cuales ya son objeto de atención otros días de la cuaresma, por otros motivos). Los que menos, Singapur, Hong Kong, Islandia y Suecia, países donde la gran mayoría de ciudadanos alcanza una esperanza de vida parecida. Unos puestos más abajo en la tabla está España, que retrocede un 4,1 % al aplicar esta variable.
Guinea Ecuatorial nunca ha estado entre los "cuarenta últimos", ya que su IDH es considerado de nivel medio (0,554, la misma cifra que India). Sin embargo, se trata de un dato equívoco pues los índices correspondientes a salud y educación son tan bajos o más que los países de su entorno. Lo que hace que el IDH sea extrañamente elevado es la renta per cápita: 21.715 $ según el Informe del PNUD de 2013 (el país inmediatamente anterior en la tabla del IDH es Ghana, que con un IDH algo mayor que Guinea Ecuatorial, apenas tiene una renta per cápita de 1.684 $). Esto se debe a los enormes ingresos que el país obtiene del petróleo, y que están muy desigualmente repartidos entre una minoría de "super-ricos" (directa o indirectamente vinculados al Gobierno) y una mayoría de población que vive en condiciones extremadamente precarias. El drama no es únicamente que la calidad de vida está así de mal repartida sino que la esperanza de vida también lo está, pues esos pocos "super-ricos" pueden esperar vivir muchos más años y en mejores condiciones que sus compatriotas.

Tabla del ONUD del Índice de esperanza de vida ajustado por la desigualdad:
https://data.undp.org/dataset/Inequality-adjusted-life-expectancy-index/gqjp-q2fw

 

Donde lo que cuenta es la "cercanía de sangre"

Por A., cooperante en Guinea Ecuatorial

Guinea es un país pequeño y con unas riquezas naturales tremendas. Sin embargo, la mayoría de la población no vive demasiado bien. E incluso dentro del propio país la película te puede ir de muy diferente manera dependiendo de quién seas, en qué trabajes y dónde vivas.
En países como Guinea la mejora de la esperanza de vida estaría más relacionada con que mueran menos niños que con que la gente viva más años, ya que la mortalidad infantil tiene un peso muy importante. Es dramático descubrir que a muchos niños en Guinea no se les pone nombre hasta los cinco años porque es muy probable que mueran.
¿Y de qué depende que los niños mueran? Entre otros factores del acceso a servicios adecuados del niño, y de la madre durante embarazo y parto son fundamentales para garantizar la supervivencia. Y este acceso a servicios adecuados no es el mismo para todos: los partos asistidos por personal formado son el 84% en las zonas urbanas frente al 53% en la zona rural, la mortalidad neonatal es del 35% en la zona urbana frente al 47 % en la rural, y así otros indicadores que hablan de la salud de los niños pequeños encuentran también diferencias según si viven en al zona rural o la urbana.
En resumen, un niño que vive en un poblado de Guinea tiene muchas menos posibilidades de sobrevivir a sus cinco años de edad que uno de la ciudad.
Los servicios sanitarios públicos en Guinea tienen unos niveles de calidad muy por debajo de lo deseable. Algunos trabajadores, con contratos estables y legales, pueden adherirse al INSESO (la seguridad social guineana), accediendo así a servicios sanitarios de mayor calidad. Los que menos tienen (que trabajan en trabajos precarios) quedan fuera de este sistema. En Guinea existen clínicas privadas de gran prestigio. Como el hospital La Paz en Bata. Sin embargo, a ella sólo acceden aquellos que pueden pagar las astronómicas sumas que pide por sus servicios.
Pasando un tiempo en Guinea es fácil descubrir que la desigualdad es terrible. Me permito afirmar que el poder adquisitivo allí es directamente proporcional a la cercanía de sangre con los miembros del gobierno. Si naces en el clan dominante, es fácil que el elevado NIB per cápita del país revierta directamente “en tu cápita” más que en la de tu vecino. Y así, para el cuidado de la salud podrás acudir, no ya al INSESO, sino a La Paz, o incluso viajar a España para ser tratado.
En medio de toda esta desigualdad, algunas luces se abren paso. Hace ya más de cinco años que ciertos financiadores, entre ellos el Fondo Mundial, han hecho posible la eliminación del copago para la prevención, el diagnóstico y tratamiento de VIH, malaria y tuberculosis. Además, el sistema público de salud está tratando de ser reformado. La Atención Primaria, por iniciativa del gobierno y con el respaldo de la cooperación, está experimentando un fuerte impulso. Este nuevo impulso de los Equipos Distritales de Salud comenzó en el año 2011, y sería de esperar que diera frutos como ya los dieron reformas similares en países como México y Brasil, donde consiguieron reducir de forma significativa las inequidades en materia de salud.

Para la reflexión, acción y oración

Según el informe del PNUD de 2013, la renta per cápita de Guinea Ecuatorial (21.715 $) es superior a la de Portugal (19.907 $) y Grecia (20.511 $) y algo inferior a la de España (25.947 $). Sin embargo, las condiciones de vida de la mayoría de su población son similares o incluso peores que las de los países de su entorno (Camerún, Gabón, Congo).
La esperanza de vida media en Guinea Ecuatorial es de 51,4 años, tan desigualmente repartida como sus ingresos. El presidente del país, que llegó al poder tras un golpe de Estado en 1979, tiene 71 años.
Las relaciones diplomáticas y comerciales de España con Guinea Ecuatorial son abundantes. Segun un informe de la Oficina de Información Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación, de 2013, Guinea Ecuatorial ha sido incluida en el Plan África de España como país de atención preferente, en atención a los estrechos vínculos históricos, culturales, institucionales y humanos. Sin negar estos vínculos, conviene preguntarse si, en este caso, la Ayuda Oficial al Desarrollo es la mejor manera de ayudar a la población de Guinea Ecuatorial. ¿Tú qué piensas?
Cierto que ya sólo el mencionar las cosas que hacen ocultamente da vergüenza; pero, al ser denunciadas, se manifiestan a la luz. Pues todo lo que queda manifiesto es luz. (Ef 5, 12-14)

Señor Jesús,
tú que has venido al mundo
para ser testimonio de la verdad,
ayúdanos a poner de manifiesto las injusticias
y a no ser cómplices de ellas.

Una injusticia que marca la diferencia entre vivir y morir
Henar Gutiérrez
Acción Marianista para el Desarrollo

Existen evidencias de que el actual modelo de desarrollo no permite avanzar de manera equitativa y sostenida para proporcionar oportunidades a toda la población para alcanzar su realización como seres humanos (derechos sociales fundamentales). Todo indica que el modelo de vida actual agudiza los problemas históricos de desigualdad y de pobreza. Nos podemos plantear compatibilizar la globalización económica y el progreso tecnológico con equidad y desarrollo humano para todos/as.
El “crecimiento económico” logrado no se ha traducido en un mejoramiento de las condiciones y la calidad de vida de toda la población. Las estrategias de desarrollo aplicadas no han conseguido distribuir de manera equitativa los beneficios del “crecimiento”, ni han valorado estructuralmente las consecuencias humanas y medioambientales de dicho “desarrollo”. Persisten profundas desigualdades sociales y la pobreza se masifica en formas diversas en todos los continentes. Los esfuerzos para mejorar las condiciones de vida y disminuir las desigualdades constituyen un desafío actual de gran envergadura.
Se requieren políticas redistributivas que contrarresten las tendencias concentradoras del modelo de desarrollo y políticas sociales fortalecidas e integradas con la política económica. La concentración del ingreso refleja sobre todo la inequidad en la distribución del mismo.
Si los datos del índice de esperanza de vida en el mundo interpelan y cuestionan el rumbo social y económico de las políticas internacionales y nacionales; este mismo dato ajustado por la desigualdad es capaz de reflejar algunas de las caras más dramáticas de la brecha de la desigualdad que se incrementa en cada país. El desigual reparto de la riqueza vulnera derechos fundamentales y genera falta de oportunidades al acceso a servicios sociales básicos que garanticen una vida sana y saludable a cada persona.
La población que vive en zonas rurales es la más azotada por la desigualdad y su índice de vida es condicionado y proporcional a ella; tanto que dicha injusticia marca la diferencia entre vivir y morir, especialmente para la población en riesgo como niños/as, personas mayores y mujeres embarazadas.
Las condiciones de vida (salud, alimentación, vivienda, educación y seguridad ciudadana) de la población son desiguales y condicionan el índice de esperanza de vida y el Índice de Desarrollo Humano. La brecha de la desigualdad existente enriquece a unos a la par que empobrece a otros, permite vivir a unos y a otros se les condena a morir. Tanta injusticia nos interpela a los cristianos a mirar a cada ser humano como hermano/a nuestro/a, igual en derechos y dignidad; a posicionarnos como actores políticos en el mundo de forma crítica apostando por un buen reparto de la riqueza, el cuidado de la naturaleza y poniendo en el centro de nuestra vida el bien común y el desarrollo de la persona. Debemos cuestionarnos nuestro modelo de vida así como valorar las consecuencias medioambientales y humanas irrecuperables. Las políticas públicas deben ser equitativas y garantes de los derechos de todo ser humano.