2014-03-18

40 días con los últimos - BURKINA FASO

Cuando casi todos son pobres en casi todo









BURKINA FASO
Población: 17.607.000 h.
IDH: 0,343 (puesto nº183 de 187)
Población en condiciones de pobreza multidimensional: 84,8 %

Población en condiciones de pobreza multidimensional

Si ayer presentábamos el índice de pobreza multidimensional, hoy entramos a ver qué porcentaje de la población de un país está dentro de esta consideración.
El PNUD reconoce que no dispone de la totalidad de los indicadores para todos los países, y que por lo tanto, las comparaciones entre países deben realizarse prudentemente. Con todo, algunos países arrojan resultados aterradores: en Etiopía, el 87,3 % de los habitantes son simultáneamente pobres en las tres dimensiones básicas de educación, salud y calidad de vida. En Burkina Faso (nombre que significa "el país de los hombres íntegros"), la cifra alcanza al 84,0 % de la población.

Población en condiciones de pobreza multidimensional

Vidas que vencieron al hambre
Mikel López Iturriaga 20/11/2013
http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/11/20/actualidad/1384943266_453566.html

¿Es posible ser positivo ante un drama como el hambre? A pesar de los horrores de esta lacra, yo diría que sí. En mi reciente viaje a uno de los países más pobres del planeta, Burkina Faso, pude conocer a cuatro personas que pueden servir de ejemplo. La vida de todas ellas está relacionada con la agricultura, cosa poco sorprendente si tenemos en cuenta que, paradojas de este incomprensible mundo, la mayoría de la gente que sufre el hambre se dedica al cultivo de alimentos.
Y hay más cosas que les unen. Directa o indirectamente, los cuatro han mejorado sus condiciones de vida con el apoyo de Oxfam Intermón. Pero sobre todo lo han logrado gracias a su esfuerzo y a su capacidad para formarse, unirse y obtener unos rendimientos económicos justos de su trabajo.
Mariam Sawadogo es una mujer rotunda de 58 con madera de líder. Presidenta de la Uneriz, organización de mujeres transformadoras de arroz, distribuye tareas, supervisa cuentas y participa en reuniones. Lleva 30 años trabajando el cereal, y cuatro años encabezando esta unión que agrupa a más de 2.000 burkinesas. Su caso demuestra que el cambio es posible: antes de empezar con la cooperativa, tenía constantes problemas para mantenerse, no podía enviar a la escuela a sus hijos y no le llegaba ni para comprarse una bicicleta con la que desplazarse. Ahora mantiene a su familia, paga la educación de sus nietos y dispone de una moto. Ella es la prueba viviente del efecto dominó de la salida de la pobreza, porque los que le rodean lo tendránmás fácil para no caer en ella.
Productora de maíz y defensora de los derechos de las mujeres, Sanou Mazouma confirma la sensación que tiene cualquier persona mínimamente observadora que viaje a la Burkina rural: ellas trabajan mucho más que los hombres. “Son las últimas que se acuestan y las primeras que se levantan”,afirma. Mazouma, de 42 años, enseña organización, contabilidad y técnicas de producción y transformación del maíz en productos con un valor añadido mayor. También promueve en ellas la exigencia de respeto por parte de sus maridos, una idea que choca con el machismo rampante entre los hombres, sobre todo entre los que no han recibido ninguna educación.
El desarrollo económico es fundamental para que las mujeres sean respetadas: en el momento en el que se convierten en un elemento básico en la cadena productiva, su voz se escucha a la fuerza. 
Kindo Yacouba cultiva arroz desde que era un niño. La postura en la que se recoge manualmente, la furia del sol africano y la omnipresencia de los mosquitos que transmiten la malaria hacen que muchos abandonen este trabajo, pero él, como su padre, sigue viviendo de él a sus 43 años. Yacouba, que tiene dos mujeres y seis hijos, explica que la pertenencia a una cooperativa ha permitido a sus 150 miembros acceder a créditos y formación. Es decir, a no estar tan a merced de las condiciones metereológicas y de los vaivenes del mercado. Ahora bien, asegura que los tiempos siguen siendo duros. El empobrecimiento de los suelos por el monocultivo ha causado un descenso de la productividad, por lo que Oxfam intenta ayudar a su organización para que lo frene utilizando fertilizantes provenientes del compostaje de desechos orgánicos.
Como muchos de los hombres burkineses, Seydou Ouattaze posee finos rasgos faciales y una planta envidiable. Nada en el impecable aspecto de este musulmán de 55 años revela el pasado de su poblado, en el que el hambre asomaba la cabeza cada vez que las condiciones meteorológicas no eran propicias. La introducción del maíz, un cereal cuyo ciclo productivo es más corto que el de cultivos tradicionales como el sorgo y el millo, y la utilización de semillas mejoradas del mismo, lo cambió todo. En su aldea, se elaboran ahora distintos alimentos derivados del maíz como la harina, el cuscús, la pasta de maíz tierno y las papillas para niños y ancianos.
Combinados con el caupí (una legumbre que allí llaman niebé), estos productos han acabado con la desnutrición.

Para la reflexión, acción y oración

¿Es posible ser positivo ante un drama como el hambre? A pesar de los horrores de esta lacra, yo diría que sí. No se trata de ignorarla o de frivolizar con su magnitud, sino de entender que existe una salida. Que hay miles y miles de personas en el mundo que consiguen prosperar y dejar ese hoyo de desesperación que te impide llegar a nada como ser humano. Que nada es peor que la resignación. Y que a veces, con un poco (muy poco) de solidaridad, se consiguen cambiar vidas que, a su vez, cambian otras vidas. Estos cuatro burkineses ponen caras, ojos, brazos y piernas al optimismo. (Mikel López Iturraga)
¿Cómo puede un país salir adelante cuando más del 80 % de su población es simultáneamente pobre en salud, educación e ingresos? Mariam, Sanou, Kindo y Seydou son ejemplos vivos de que ¡sí se puede!

Si no creéis, no subsistiréis. (Is 7, 9)

Padre,
Ayúdanos a creer.
A creer en la fuerza infinita de tu amor
y en el esfuerzo inmenso de tantas y tantas personas.
Ayúdanos a creer que el Reino ya está aquí,
entre nosotros, dentro de cada uno.
Porque tú actúas en nosotros.

La desigualdad que no cesa
Fidel Aizpurúa

Había hecho escuela aquel dicho de que “los pobres son cada vez más pobres y los ricos cada vez son más ricos”. Se asomaba uno a cualquier informe de la ONU y lo comprobaba con cifras elocuentes: “Usando diferentes modelos de estimación, nos encontramos con un mundo en el que el 20 % superior de la población controla más del 70 % de los ingresos mundiales. Si bien es cierto que hay progreso, el ritmo de cambio es demasiado lento, se estima que se necesitarían aproximadamente 800 años para que los mil millones de personas más pobres del planeta alcanzaran el 10 % de los ingresos mundiales.” (UNICEF).
Lo sabíamos, pero ahora la desigualdad desaforada, cada vez más rápida, ha llamado a nuestras puertas de gente rica: el número de británicos que se ven obligados a acudir a instituciones benéficas para comer se ha multiplicado por 20. Italia reconoció la semana pasada a través de su Gobierno que los niveles de pobreza han subido a máximos desde 1997. El número de españoles atendidos en los servicios de acogida de Cáritas ha pasado de 370.000 a 1,3 millones en lo que va de crisis. A Grecia han vuelto enfermedades como la malaria y la peste.
Pero esta situación es nada en comparación de la desigualdad endémica de los países subsaharianos. Los dicen los africanos que conviven con nosotros: “aquí puedo pasar un día sin comer; allí paso un día y otro día”. Las políticas comerciales, alimentarias y económicas tienen la terrible virtud de acrecentar la desigualdad a pasos agigantados. Una bomba de relojería para el futuro.
¿Qué hacer, más allá de los cuidados paliativos a aplicar a quien naufraga en este mar de inhumanidad? A nivel mundial son necesarias políticas económicas donde la equidad, no solamente la igualdad, esté presente. Y a nivel personal hay que revisar muy mucho los modos económicos cotidianos no solamente para no generar más desigualdad sino para no seguir abofeteando en la cara a los desfavorecidos de esta gran crisis y a los de la crisis permanente en la que hemos sumido a los países empobrecidos.