2014-03-10

40 días con los últimos - ANGOLA - ¿Crear riqueza o repartirla mejor?

¿Crear riqueza o repartirla mejor?







ANGOLA
Población: 21.256.000 h.
IDH: 0,508 (puesto nº148 de 187)
IDH-D: 0,285
IDH ajustado por la desigualdad

Desde hace años, el propio PNUD viene constatando que el Índice de Desarrollo Humano (IDH) es insuficiente para "medir" algo tan complejo como el desarrollo de las personas y las sociedades. Por eso viene analizando otros índices complementarios, como el IDH ajustado por la desigualdad (IDH-D), que intenta reflejar cuánto retrocede el IDH de un país cuando se considera la desigualdad al interior de ese país, en los tres ámbitos de ingresos, educación y salud. En una sociedad con perfecta igualdad, el IDH y el IDH-D tienen el mismo valor. Cuanto menor sea el valor del IDH-D (y mayor su diferencia con el IDH), mayor es la desigualdad.
Namibia (-43,5%) y Angola (-43,9%) son los países que más retroceden. Hay que tener en cuenta que hay países de los que no hay datos, como: Guinea Ecuatorial, Birmania, Papúa-Nueva Guinea, Comoras, Sudán, Afganistán, Burundi, Eritrea, Malí, Somalia y Sudán del Sur.
Los países que menos retroceden en su IDH al considerar la desigualdad son la República Checa (-5,4%) y Eslovenia (-5,8%), el cual es el inmediatamente anterior a España en la lista del IDH. Sin embargo, España retroce casi el doble (10,1 %).

Tabla del PNUD sobre el Índice de Desarrollo Humano ajustado por la desigualdad:
https://data.undp.org/dataset/Inequality-adjusted-life-expectancy-index/gqjp-q2fw
 

Sueños rotos en Luanda, Angola (extracto)
Antonio Q. B. 13/10/2012

Me siento frente al ordenador recién llegado de Luanda, la capital de Angola, con los ojos secos, el cuerpo todavía cansado tras un vuelo en el que apenas he podido dormir y el alma conmocionada.
Luanda en estos días carentes de sol y bajo un cielo que amenazaba con lluvias no me ofrecía más que las imágenes propias de una gran ciudad africana sin atractivos en un proceso brutal de expansión y crecimiento desmedido donde ha decidido irse a vivir el 60% de los 19 millones de habitantes del país.
Los atascos son eternos en sus calles. En las que están asfaltadas porque el resto son de tierra y se convierten en barrizales en cuanto caen cuatro gotas. Los mercadillos están formados por pequeños puestos dedicados a una economía de supervivencia donde cada cual vende lo poco que tiene. 
En Luanda los monumentos más habituales son los grandes edificios de nuevos hoteles o las torres en construcción de bancos, muchos bancos, y de compañías como la nacional Sonangol dedicadas a la extracción de petróleo y cuyos ingresos suponen el 85% del PIB del país.
La combinación de ser históricamente uno de los países más pobres de África con el sufrimiento provocado por 27 años de una guerra civil que asoló el país y con una “democracia” de apenas 10 años de existencia, y que además se vuelve de la noche a la mañana en uno de los mayores productores de petróleo del mundo, ha convertido a Angola en un paradigma de la desigualdad en cuanto el reparto de la riqueza. Y Luanda es su máxima expresión.
Entre vehículos todo terrenos de lujo caminan mujeres cargando cubos de agua sobre sus cabezas porque el suministro de agua potable deja mucho que desear. Los yates anclados en la bahía de Luanda tienen su contrapeso en los cayucos de madera que flotan entre toneladas de basura del otro lado, en la Ilha do Cabo. Al lado mismo de los hoteles y restaurantes de lujo donde se citan los afortunados, vive un 50% de la población en la pobreza más absoluta con problemas graves de desnutrición infantil.
Por detrás de la primera línea de edificios construidos en la época de la colonia, donde destaca el del Banco de Angola, se están levantando nuevas y modernas construcciones. Se ve que hay dinero, mucho dinero, pero concentrado en pocas manos.
Pero lo que se ve en las calles de Luanda, además de un tráfico imposible, es mucha miseria y basura. Y mucha gente que sobrevive como puede al infortunio que le ha tocado vivir a base de puestos de venta en calles, aceras, gasolineras y mercadillos.
En el hotel pido un taxi para dar una vuelta. La negociación con el taxista es complicada. Primero no entiende por qué no voy a algún sitio concreto y que quiera dar una vuelta por la ciudad. Nadie da paseos por Luanda. Durante el trayecto intento hacer alguna foto por la ventanilla y el taxista me advierte muy alterado que no puedo hacer fotografías porque al gobierno no le gusta que los extranjeros fotografíen una realidad de miseria para luego mostrarla en el extranjero por lo que es necesario pedir una autorización específica.
El taxista llamado Felipe me recomienda dejar mi aventura urbana para otra ocasión y le invito a tomar un “cafecinho” para que se relaje en algún sito majo con terraza o vistas al mar. Mientras tomamos un café buenísimo rodeados de angoleños que no se privan de nada, Felipe me comenta que hay mucha gente cercana al partido del Gobierno que están ganando mucho dinero con las concesiones petrolíferas a franceses y sobre todo a chinos. Unos minutos más tarde atravesamos en taxi las calles del barrio de Chicala entre chabolas y basura.
Sin duda Angola tiene mucho más que ofrecer que los contrastes nacidos de la miseria y de las condiciones de desigualdad. Los angoleños con los que pude hablar se mostraron avergonzados de lo poco que podían ofrecer a un extranjero, pero siempre fueron amables y sonrientes.

Texto completo en: http://www.viajesyfotografia.com/wordpress/suenos-rotos-en-luanda-angola/

Para la reflexión, acción y oración

Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad. Sean las que sean las formas de la propiedad, adaptadas a las instituciones legítimas de los pueblos según las circunstancias diversas y variables, jamás debe perderse de vista este destino universal de los bienes (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 69)

Incidimos aquí en el tema conductor de la campaña de este año: junto al dato de "a cuántos pollos tocamos por persona" es preciso saber cómo están repartidos. El concepto clave es que la desigualdad hace retroceder el desarrollo humano.
El Informe del PNUD de 2011 presenta estudios que muestran cómo políticas orientadas a una mayor igualdad, tanto entre países como al interior de ellos, se correlacionan con mayor desarrollo.
Este análisis pone de relieve las posibles ventajas de aplicar modelos de desarrollo que den prioridad a la desigualdad y no, o en menor medida, al crecimiento económico (p. 48).
¿Qué te parece? Si tuvieras responsabilidades políticas, ¿a qué darías prioridad, a reducir la desigualdad o al crecimiento económico?

«Quitadle la moneda y dádsela al que tiene diez. –Señor, ¡ya tiene diez monedas! –Os digo que al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.» (Lc 19, 24-26)

Señor Jesús,
hoy se sigue cumpliendo tu parábola:
el que tiene mucho aumenta aún más sus riquezas
y el que no tiene se empobrece aún más
-Los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres-.
¿Tiene que ser así? ¿Es eso lo que tú quieres?
Ayúdanos a entrar en la dinámica del Reino.
Amén.

Iguales ante la desigualdad
Carlos Ballesteros
Universidad Pontificia Comillas

Leo a Paul Krugman, en un artículo titulado Una guerra contra los pobres, que parece haberse instalado en los últimos tiempos la idea neoliberal de que si eres pobre es porque te lo mereces. La exacerbada hostilidad hacia los pobres y desfavorecidos parece responder a una ley que diría que, si el mercado funciona, termina expulsando a quien merece ser expulsado, ya que, si no se contribuye a ese mercado, no se gana el derecho a que el Estado se haga cargo de uno. Antes, hace menos de una década, el mercado expulsaba a los del llamado Tercer Mundo, que no contribuían ni aportaban y no tenían por lo tanto derecho a aprovecharse de sus supuestas ventajas. Ahora nos ha hecho iguales en la desigualdad como refleja el último informe Oxfam (85 personas son tan ricas como la mitad de la humanidad) y nos expulsa porque nos lo merecemos, porque no aportamos. La crisis económica que sufrimos desde hace ya más de 5 años comenzó afectando a nuestra calidad de vida, sin acordarnos de que los países de Sur en permanente crisis más que un problema de calidad vivían “tan solo” un problema de vida sin adjetivos. Mientras nosotros pensábamos en cómo comprar lo mismo con menos dinero, sin que se viera demasiado afectado nuestro nivel de bienestar y deseando salir del agujero para volver al derroche anterior, en la mayoría del mundo lo que se planteaban es comer, al menos, una vez al día. Sin embargo la crisis va durando mucho, demasiado, y no hemos aportado lo suficiente para que el mercado nos considere uno de los suyos: uno de cada cuatro españoles que quiere trabajar no puede hacerlo; según Cáritas, más del 21 % de los hogares está en situación de pobreza extrema; en pocos años (del 2007 al 2013) se ha duplicado en España la población en situación de pobreza severa, entendida como ingresar menos de 370 € al mes, y ya llega casi a un 7% de la población española. Cada vez estamos más cerca de aplicar las teorías del darwinismo social y de ver cómo la evolución del más fuerte y preparado para vivir en el mercado va en detrimento de aquellos perdedores que no han sabido –o querido– subirse al carro del mismo.
Ahora somos como ellos. Como los que veíamos en televisión. Ahora ya sufrimos situaciones que no creímos nunca llegar a sufrir, que eran de los otros, de los del otro lado del mar, del mundo. Aquí la gente no se muere de hambre, pero está desnutrida y padece muchos de los males que antes achacábamos a africanos, asiáticos, latinos… Ahora somos iguales en la desigualdad.
¿Aprenderemos? ¿Empatizaremos?