2014-01-19

Ebanjelioa irudietan

La vida de Juan el bautista es una pieza clave para entender el alcance del proceso de conversión que exige el evangelio. A veces creemos que por conocer a Jesucristo y haber recibido el bautismo estamos convertidos a la fe revelada en los evangelios; pero si observamos atentamente la vida de Juan, tal vez descubrimos que aún queda camino por andar. 
Juan es el último en anunciar la llegada del Hijo de Dios y de predicar la necesidad urgente de conversión. Es un hombre de convicciones firmes que no teme enfrentarse al poder para denunciar la corrupción y el pecado. Un hombre de desierto, de oración, de silencio, pero también una persona de cercanía a los demás, de palabras fuertes y firmes que «grita en el desierto». Fue un hombre que tuvo claro su lugar y misión en el mundo, pero también una persona que se dejó moldear por el Espíritu de Dios cuando quedó sorprendido ante las palabras y acciones de Jesús.
Tal vez por ello es que la figura de Juan es tan importante para entender la necesidad de estar abierto a la «conversión continua» a la que debemos estar todos dispuestos. Porque nuestra vida es una constante «acomodación a las inspiraciones de Dios» y ello requiere de libertad interna para poder conseguirlo.
Cuando leemos en los evangelios que Juan envió a sus discípulos a preguntar a Jesús; «¿Eres tú el que tiene que venir, o hemos de esperar a otro?» (Lc 7, 20), nos damos cuenta que estaba desconcertado ante la manera de actuar del Mesías. Los gestos, las palabras, las acciones de Jesús no coincidían del todo con lo anunciado. Pero cuando Jesús mandó responder a Juan que «los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia el evangelio a los pobres» (Lc 7, 22) comprendió por un lado que éste era el Mesías anunciado, y por otro, entendió que existe una manera “práctica” de conocer si una acción es inspirada o no por Dios; por los frutos que trae.
Al igual que Juan, también nosotros debemos estar abiertos a ser moldeados por el Espíritu de Dios y no aferrarnos a nuestras ideas sobre cómo debe actuar Jesús. Éste es un peligro constante en nuestra vida; exigir que actúe según nuestro modo de pensar. Nos enojamos con Dios cuando nuestras peticiones no son satisfechas, cuando nuestros planes no se cumplen en tiempo y forma, cuando vivimos conforme a los mandamientos de Dios y sin embargo pasamos por pruebas duras y difíciles.
Cuando Juan oyó la respuesta que le envió Jesús comprendió cuán importante era deshacerse de esas ideas para poder ver la acción de Dios.
Hay momentos en que actuamos mal y por eso las consecuencias son tan funestas, pero hay otros en que necesitamos cambiar nuestras ideas para poder apreciar la acción de Dios. Cuando estamos abiertos al Espíritu de Dios no nos lanzamos apresuradamente para juzgar algo como malo o bueno, sino que esperamos a ver los frutos que trae. Para ello, se requiere cultivar la confianza en Dios por medio de la oración para afinar nuestra percepción.
Los frutos de la acción de Dios no son inmediatos ni automáticos, necesitan de tiempo para que puedan ser apreciados y requieren de apertura de corazón y de mente para comprenderlos.
Juan, al escuchar que los enfermos eran sanados y que se anunciaba el evangelio a los pobres, comprendió lo importante que es dejar a «Dios ser Dios». Pidamos nosotros al Padre bueno poder cultivar también esa apertura de corazón tan necesaria para ser testigos de su amor hacia todos nosotros.
P. Javier Rojas sj