2013-10-20

“Hoy se sabe que las cosas más preciadas envejecen rápido, que pierden su brillo en un instante y que súbitamente y casi sin que medie advertencia alguna, se transforman de emblema de honor en estigma de vergüenza. Los editores de las lustrosas revistas de moda saben tomar bien el pulso de la época: junto con la información sobre las nuevas tendencias acerca de .lo que hay que hacer, y ‘lo que hay que tener’, proporcionan regularmente a sus lectores consejo sobre lo que ya no se usa y debe descartarse. Además, hoy se espera que ni siquiera los hábitos que supuestamente habrían de durar un poco más permanezcan inalterables. Un anuncio reciente de oferta de teléfonos móviles atrae a los curtidos usuarios de teléfonos con esta exhortación: .Usted ya no puede presentarse en público con ese móvil que tiene ahora... vea los nuevos modelos. Nuestro mundo recuerda cada vez más ‘la ciudad invisible de Leonia’ de Ítalo Calvino, donde la opulencia puede medirse, no tanto por las cosas que se fabrican, se venden y se compran cada día; sino, antes bien, por las cosas que se tiran diariamente para dejar lugar a las nuevas. La alegría de deshacerse de las cosas, de descartarlas, de arrojarlas al cubo de la basura, es la verdadera pasión de nuestro mundo.
La capacidad de durar mucho tiempo y servir indefinidamente a su propietario ya no juega a favor de un producto. Se espera que las cosas, como los vínculos, sirvan sólo durante un lapso determinado y luego se hagan pedazos; que, cuando -tarde o temprano, pero mejor temprano- hayan agotado su vida útil, sean desechadas. Por lo tanto hay que evitar las posesiones, y particularmente las posesiones de larga duración de las que no es fácil librarse. El consumismo de hoy no se define por la acumulación de cosas, sino por el breve goce de esas cosas.”
“Los retos de la educación en la modernidad líquida”, Zigmunt Bauman