2013-10-16

Eguneroko irudia

Todo comenzó cuando regresaba de una agradable cena y caminaba rumbo a casa. Iba con prisa puesto que ya empezaba a sentir frío. Llegué a mi edificio y justo antes de pedir al portero que abriera, sentí un golpe en la espalda, me asusté y con sorpresa escuché la dulce voz de un hombre que me hizo un pedido que de momento consideré muy extraño.
El hombre dijo amablemente: “Disculpe, señorita, ¿usted cree que podría regalarme la comida que está cargando en su mano?”. Volví a ver sus ropas y su aspecto y extrañé aún más su pedido porque su apariencia era de una persona que llamaríamos elegante.
Como estaba satisfecha, le contesté un simple sí. Él, con una sonrisa en su rostro, me dio las gracias y se alejó.
Intrigada por lo que acababa de acontecer, seguí al hombre con la mirada, pero no tuve que detenerme por mucho tiempo. A la siguiente puerta, se reclinó y le entregó la bolsa con comida a un joven indigente que se estaba guareciendo de la lluvia y del frío en una pequeña esquina entre mi edificio y el restaurante que queda al lado. El joven de inmediato abrió la bolsa y comenzó a comer lo que había en ella. El hombre después de esto retomó su camino.
Al ser testigo de este desinteresado acto de caridad, volví a mi departamento pensando “¿por qué alguien haría eso por un desconocido?”. Caí inmediatamente en una realidad que no quería enfrentar, ¡yo había pasado por el mismo lugar y no había visto a este joven! Ni siquiera había tomado el cuidado de reparar en que alguien a mi lado estaba pasando frío, hambre y necesidad.
Todo esto me llevó a reflexionar sobre la que en mi opinión es la peor enfermedad social que vivimos: la indiferencia. Indiferencia con todos y con todo, con nuestros trabajos, estudios, con nuestras familias y con la misma sociedad; el sentido de lo realmente importante lo hemos relativizado hasta el punto que si algo no genera un beneficio propio mensurable, no merece nuestro tiempo y dedicación, por tanto no es importante.