2011-11-07

Eguneroko Komentarioa

A veces nos cuesta entender lo que Jesús nos dice. Mejor, lo entendemos, pero no estamos de acuerdo. Será que nos falta sabiduría. Aquí no es el apóstol Pedro quien va con toda su buena intención a preguntar a Jesús, y Jesús le sorprende con algo que está fuera de sus planes. En el evangelio de hoy, es el mismo Jesús quien, viendo la importancia del perdón para la Comunidad, habla de ello y pone el listón bastante alto. Siete veces perdonar en un día a la misma persona no es tarea fácil. Pero vamos a mirarlo al revés, es decir, imaginemos que nosotros, por diversos motivos, tenemos que pedir perdón a una persona unas cuantas veces. ¿Cómo querríamos que acogieran nuestra petición de perdón?

Tratar a los demás como quisiéramos que nos trataran, ahí está la clave de una buena vida cristiana. No se trata de ser cristiano solo cuando nos va bien, sino de serlo – especialmente – cuando nos va mal, cuando estamos cansados, cuando nos han hecho algo que no nos ha gustado. Superar la natural – desde el punto de vista humano- decepción, el lógico cansancio o el normal enfado, e ir más allá, y responder según el Evangelio. Como lo haría Jesús. Como lo haría la Virgen María.

Un pequeño cuentecillo nos puede ayudar, quizá, a entender mejor esto del perdón.

Ni tú ni yo somos los mismos (Mónica Barbagallo)

El Buda fue el hombre más despierto de su época. Nadie como él comprendió el sufrimiento humano y desarrolló la benevolencia y la compasión. Entre sus primos, se encontraba el perverso Devadatta, siempre celoso del maestro y empeñado en desacreditarlo e incluso dispuesto a matarlo.
    Cierto día que el Buda estaba paseando tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada roca desde la cima de una colina con la intención de acabar con su vida. Sin embargo, la roca sólo cayó al lado del Buda y Devadatta no pudo conseguir su objetivo. El Buda se dio cuenta de lo sucedido y permaneció impasible, sin perder la sonrisa de los labios.
    Días después el Buda se cruzó con su primo y lo saludó  afectuosamente. Muy sorprendido Devadatta preguntó:
— ¿No estás enfadado, señor?
—No, claro que no.
    Sin salir de su asombro, inquirió:
— ¿Por qué?
    Y el Buda dijo:
—Porque ni tú eres ya el que arrojó la roca, ni yo soy ya el que estaba allí cuando fue arrojada.
    El Maestro dice: Para el que sabe ver, todo es transitorio; para el que sabe amar, todo es perdonable. Repite a diario: Perdono a todo el que necesite mi perdón y me perdono a mi mismo, tres veces al levantarte, tres veces al acostarte —por lo menos— y siente que perdonas desde el fondo de tu corazón.
    Cuando perdonamos actuamos con la energía de nuestra Presencia de Dios interior... y ten en cuenta que con perdonar te quitas una mochila pesada.