2011-11-05

Eguneroko komentarioa

El dinero, en ocasiones, puede convertirse en un elemento que nos separe de los demás y que rompa y corrompa, incluso, la fraternidad, la amistad o todo aquello más noble que habita en el corazón humano. No es difícil cruzar la fina línea que distingue lo que es un instrumento de lo que es un fin. Cuando el dinero está demasiado cerca del corazón, o, mejor dicho, cuando el corazón está demasiado cerca del dinero, todo se nubla y corre riesgo de corromperse.
Sin querer, la codicia se convierte para nosotros en una nueva forma de idolatría, como advertía San Pablo a los cristianos de Colosas. Aquello llamado a solucionar nuestras necesidades se convierte en nuestra mayor necesidad. Hacemos del dinero o de los bienes un auténtico Dios o ídolo. En vez de controlarlo, nos controla y hace que perdamos la perspectiva de aquello que ha de ser realmente lo importante.
Dios parece “aborrecer” lo que a los ojos de los hombres pareciera más elevado, dice el Evangelio de hoy. La verdadera riqueza, pues, hay que buscarla en otra dirección. Se trata de una nueva perspectiva. Lo importante no está en poseer dinero, sino en poseer afecto, amistad, gente a la que querer y en cuyo cariño nos podemos apoyar. Ahí está la verdadera riqueza y el lugar hacia el que hemos de dirigir nuestro corazón. En tiempos de crisis, el mejor antídoto es vivir y disfrutar de todo esto que el Dinero no nos puede dar. Esto nadie ni nada nos lo puede arrebatar. No hay carcoma que se pueda roer ese auténtico tesoro.