2011-10-24

Eguneroko komentarioa

  •  “¡Abba, Padre!”

Desde que nos encontramos con Cristo y nos regaló su propio Espíritu, no queremos vivir de otra manera que no sea ser impulsados por el Espíritu, que nos conduce por sendas de vida y no de muerte. El Espíritu nos convences de que somos hijos de Dios, por lo que nos impulsa a dirigirnos a Dios con el grito de los hijos: ¡Abba, Padre! Y si Dios es nuestro Padre desaparecen de nosotros todos los temores, pues ante un buen Padre, y Dios lo es, no caben miedos y temores. Sólo confianza y una gran libertad para vivir en la senda amorosa de hijos. Si somos hijos de Dios también nos corresponde la herencia de Dios. Somos afortunados. No es la herencia de un hombre rico en bienes materiales. Es la herencia de Dios, que no tenemos que esperar a morirnos para empezar a gozarla. Ya en esta vida podemos disfrutar de la herencia de su luz, de su amor, de su esperanza, de su ilusión… aunque envuelta en velos. Después de nuestra muerte, nos vendrá la plenitud de esa herencia, la plenitud del Amor.
  • ¿No había que soltarla en sábado?

Una vez más sale la cuestión del sábado. Una vez más tenemos que recordar dos de los puntos principales en torno a este asunto. En primer lugar, la importancia del sábado para el pueblo judío. Día dedicado al Señor, donde había muchas prohibiciones todas ellas encaminadas a no distraerse de lo principal: dedicar el día del sábado al Señor. En segundo lugar, lo nuevo de Jesús es que con sus palabras y sus obras, sus curaciones, enseña que ayudar a una persona humana, en este caso a una mujer “enferma por causa de un espíritu”, no va en contra de glorificar a Dios. Dios está encantado de que se cure a un hombre o una mujer porque son sus hijos en cualquier día de la semana, también en sábado. Ninguna ley puede impedir ayudar a un ser humano. Amar al hombre es amar y glorificar a Dios.

San Antonio María Claret (1807-1870) nació en Sallent (España). Ordenado sacerdote recorrió Cataluña predicando el evangelio. Arzobispo de Santiago de Cuba. Fundador de de la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. Dice que un claretiano “no piensa sino cómo seguirá e imitará a Jesucristo en trabajar, sufrir y en procurar siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas”.