2011-10-30

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Un solo Padre, un solo Maestro

El Evangelio de hoy empieza con un durísimo alegato contra una determinada forma de ejercer la autoridad. Las palabras de Jesús van dirigidas en primer lugar a los escribas y fariseos, que han ocupado la cátedra de Moisés. Pero no debemos entenderlas como la mera expresión de un conflicto localizado en la época de Jesús y referido sólo al judaísmo. La primera lectura testimonia cómo esas desviaciones por parte de los que deberían ser guías y maestros del pueblo databan de antiguo. Y es que se trata de un mal incrustado en el corazón del hombre, y que tiende a aparecer en todo tiempo y lugar. De hecho, la comunidad cristiana tampoco está exenta de ese peligro. Si Mateo ha reproducido esta diatriba de Jesús en su Evangelio no es sólo por afán de erudición histórica. La tensión real y creciente entre Jesús y las autoridades del pueblo le da ocasión de recordar que también en la Iglesia es fácil caer en la misma tentación y para recordar las instrucciones de Jesús sobre cómo debe entre sus seguidores.

Como siempre que leemos los evangelios, los matices del texto están llenos de significado. Jesús no se limita a hacer una crítica a toda forma de autoridad, como si toda ella y por definición fuera rechazable, expresión de una pura voluntad de poder y, en definitiva, algo que debe ser eliminado en aras de una pura horizontalidad comunitaria. Cristo habla de la “cátedra de Moisés”, lo que significa que hay cátedras y un magisterio que debe ser ejercido por alguien. Incluso reconoce una elemental fidelidad de escribas y fariseos en la transmisión del contenido: de ahí que recomiende “hacer lo que dicen”, aunque los desautorice por la contradicción entre lo que predican y lo que hacen. Es verdad que cualquier ejercicio de la autoridad se justifica sólo por el servicio a determinados valores, por lo que cualquiera que ocupa un cargo o una cátedra suele mantener, al menos retóricamente, la adhesión a lo que debe servir. Otra cosa es pasar del dicho al hecho, que, como recuerda el refrán, exige recorrer con esfuerzo un cierto trecho.

Lo que Jesús denuncia aquí es, pues, la incoherencia de vida, especialmente en aquellos que, por tener que enseñar al pueblo, deberían además dar ejemplo de lo que predican, pues aquí no se trata de una mera doctrina teórica, sino de una verdad que afecta a la vida y a sus actitudes prácticas. Pero no sólo no dan ejemplo, desmintiendo con su vida lo que exigen a los demás, sino que además usan la verdad a la que deberían servir para hacerse notar y alcanzar estatus social.

Al decirnos que “hagamos lo que dicen, pero que no imitemos su ejemplo”, Jesús nos exhorta a denunciar esa incoherencia no sólo con palabras, sino precisamente con la propia coherencia de vida. No hay denuncia más eficaz que encarnar efectivamente las propias convicciones. En el caso del Evangelio, no se puede predicar la Palabra, la fe en Dios Padre y la llamada al seguimiento más que haciendo de la escucha de la Palabra, del espíritu de confianza filial y del discipulado del único Maestro una forma concreta de vida.

Si la diatriba inicial de Jesús va dirigida a los que ejercen la autoridad y el magisterio de un cierto modo, las recomendaciones que la siguen (“vosotros, en cambio…”) deben entenderse, en primer lugar, también dirigidas a los que en la Iglesia están encargados de enseñar y dirigir a la comunidad: no usar a Dios para obtener el reconocimiento de las gentes, ni servirse de la Palabra para conseguir ventajas materiales y sociales, sino servir a los hermanos para alcanzar como premio sólo el reconocimiento de Dios “que ve en lo escondido” (cf. Mt 6, 4). Y esto significa que los inevitables roles, los cargos de responsabilidad y la autoridad, que no pueden no existir, deben ejercerse con sencillez, sin privilegios, sin aplastar ni hacer invisible la fundamental igualdad ante el único Padre de todos, ante el único Señor y Maestro Jesucristo, que se ha abajado (cf. Flp 2, 7) para convertirse en el servidor de sus hermanos (cf. Mc 10, 45; Jn 13, 14).

Aunque el peligro y la tentación de abusar de la autoridad instituida por Cristo para el servicio aceche siempre a la Iglesia, e, incluso, se dé siempre de un modo u otro, también es verdad que abundan también y por fortuna los ejemplos positivos. Pablo, que sabía ejercer su autoridad apostólica cuando lo requerían las circunstancias, el bien de la comunidad y la defensa de la verdad del Evangelio, era también un modelo de entrega generosa y desinteresada a sus hermanos: no se limita a predicar, enseñar y organizar la comunidad, sino que está dispuesto a entregar su propia persona, como una madre se entrega por sus hijos, como el buen pastor entrega su vida por sus ovejas. Y, después de él, han sido legión los que han puesto en práctica con fidelidad las instrucciones de Jesús, haciendo del servicio desinteresado, a imitación del único Señor y Maestro, el eje de su ministerio. Esta semana hemos celebrado la fiesta del P. Claret, que con su vida fue un ejemplo preclaro de ese espíritu de entrega al ministerio hasta la muerte, de ese espíritu de servicio que recorre con agilidad el trecho que va del dicho al hecho.

Es en estos en los que se puede seguir usando con propiedad los títulos de padre y maestro sin temor a contradecir las palabras de Jesús, pues en ellos, en su vida y en su magisterio, resplandece la única paternidad de Dios, el único magisterio de Cristo.

En todo caso, el mensaje de la Palabra de Dios hoy no es cosa exclusiva de los que en la Iglesia ocupan cargos de responsabilidad. Tenemos que recordar que, a partir de la fundamental igualdad como hijos de Dios, todos somos miembros vivos del cuerpo de Cristo, todos participamos de su función sacerdotal, de mediación entre Dios y la humanidad. Por ello, la llamada a la coherencia entre lo que profesamos y lo que vivimos es especialmente urgente para todos los cristianos y para la entera comunidad cristiana. Es posible que parte del desprestigio del cristianismo en nuestros días tenga que ver con el divorcio entre nuestra fe y nuestra vida: tal vez con demasiada frecuencia desmentimos con nuestras actitudes prácticas las verdades y los valores en los que decimos creer. ¿Cuál es el antídoto contra esta enfermedad que deja el cuerpo eclesial de Cristo en estado de anemia? Además de escuchar y acoger la Palabra, tenemos que ponerla en práctica mediante el espíritu de servicio abnegado a los hermanos. Si nos inclinamos humildemente ante las necesidades de nuestros hermanos, en los que la fe que confesamos nos descubre el rostro vivo y sufriente de Cristo, seremos ensalzados, igual que Dios enalteció a María al mirar la humildad de la que se hizo libremente servidora del Señor.