2011-10-29

Eguneroko komentarioa

Te doy para que NO me des
El tema de los primeros puestos que trata el fragmento de Lucas hoy es recurrente. Y está bien que lo sea, porque no terminamos de asumir la perspectiva evangélica. El ser humano, como sujeto relacional, tiende al trueque. "Do ut des": "Te doy para que [me] des". Te convido porque me has convidado o porque busco que me convides. Te correspondo con un regalo como el que me has hecho. Te ayudo, porque puede que yo necesite tu ayuda o porque recuerdo que me ayudaste una vez. Así podríamos seguir indicando pronombres personales que nos llevan, una y otra vez, al egocentrismo en términos de negocio.
Jesús nos invita a superar el egoísmo que nos hace creernos ombligo del mundo y mejores que el resto de los mortales. Pero con mucha facilidad declinamos esta invitación y actuamos desde nuestros cálculos individualistas para conseguir beneficios, privilegios y premios, sin menoscabar nuestra cuidada imagen. No llegamos a aceptar plenamente que "todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido", aunque lo hayamos experimentado alguna que otra vez. Nos cuesta obsequiar a quienes no pueden respondernos de la misma manera. Nos cuesta agasajar a quien a nuestros ojos no lo merece o se lo tiene que ganar. Esta exhortación de Jesús nos deja titubeantes.
Probablemente Pablo también tuvo sus dudas convirtiéndose al mensaje de Jesús. En el texto de la carta a los Romanos de hoy puede haber una muestra. Pablo comprende que Israel ya no es pueblo elegido y exclusivo.  Pero ha de encontrar una salida para la que ha sido su creencia firme, su convicción religiosa, antes de conocer a Jesús. Y, en medio de la angustia que le tuvo que suponer esta reflexión, encuentra que el judaísmo, aunque haya fracasado, ha posibilitado la novedad de Jesús, que era judío, está intrínsecamente dentro del cristianismo y, por fin, algún día, cuando lo hagan todos los pueblos, su antigua religión se incorporará a este orden nuevo y "todo Israel se salvará". Pablo es modelo del "hombre nuevo" que supera actitudes propias del "hombre viejo", contrarias al Evangelio que ha conocido y está llamado a anunciar.
Como le ocurrió a Pablo, también nosotros en el fondo encontramos "un no sé qué que quedan balbuciendo" (cf. Cántico espiritual de san Juan de la Cruz), que nos hace volver a pensar en la propuesta de Jesús, en los signos de su Reino. Todo lo que propone Jesús atrae. Y nos inquieta cómo poder amar al que no te ama, servir al que ni te mira, saludar al que no te saluda, ser cortés y amable con quien no te ha tratado bien… En definitiva, acoger a quien no puede o no sabe acogerte, tal y como Él lo hace. Además, está la última sentencia que parece una sublime recompensa: "el que se humilla será enaltecido". ¿Cómo pensar en ella sin volver sobre los pasos errados?