2011-10-20

Eguneroko komentarioa

Recuerdo haber escuchado decir en cierta ocasión a Jon Sobrino –un gran teólogo, sin duda- que el hecho de no definirse era ya una forma de definirse. No tomar una opción, decía él, es ya una opción. Jesús es, a todas luces, una de esas grandes banderas discutidas capaz de polarizar en torno a sí opciones de vida contrapuestas. Ante Él el hombre se sitúa a favor o en contra. A él tampoco parecen gustarle las medias tintas. Su mensaje y su fuerza siguen interpelándonos, de forma que nadie queda indiferente. Su vida, su muerte y su resurrección se han convertido en un verdadero aguijón que sigue sacudiendo a la humanidad desde hace más de dos mil años.

Acercarse a Jesús es acercarse a una fuerza abrasadora. El evangelio apócrifo de Tomás pone en labios de Jesús una conocida frase: “Quien está cerca de mí está cerca del fuego; quien está lejos de mí está lejos del Reino”.
Acercarse a Jesús es acercarse al Reino, a una experiencia inigualable, capaz de encender el corazón humano para siempre. Vivir esta incombustible experiencia nos hace capaces de abrasar y encender otros corazones y nos convierte en misioneros evangelizadores. Así se transmite la fe y se contagia la pasión por el Reino. Y esta pasión se traduce indefectiblemente en pasión por los demás, por los últimos, por aquellos por los que Dios se apasiona y se compadece. No hay otro camino para la nueva evangelización de la que tanto hablamos en los países de vieja cristiandad. Sin Jesús y su reino no hay evangelización posible. No hay otro camino. El mundo de hoy quiere vivir nuevamente esa experiencia abrasadora capaz de encender de nuevo el corazón de la humanidad y llevarla hacia cotas más altas de justicia. Acerquémonos al fuego, sin miedo. Tomar partido por Jesús es agarrarse a la mejor bandera.