2011-10-08

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Todos dichosos

Todos dichosos: el vientre y los pechos que criaron, los que escuchan y los que cumplen la palabra de Dios. ¿Por qué insistir tanto en el “pero”? Jesús no desautoriza a la mujer, no rechaza el elogio; simplemente, lo completa, lo perfecciona.

Una mujer del pueblo queda seducida por Jesús, por su palabra, por la integridad de su vida. Tan sencilla como valiente, alza la voz entre la multitud y confiesa su fe; la alabanza es para Jesús pero recae en su madre. (Ojalá toda glorificación de María pase siempre por Jesús). Es algo cautivador contemplar la escena: una mujer humilde se convierte en portavoz de todos, una mujer ensalza a otra mujer por sus encantos maternales que criaron al Maestro que le fascina.

Como buen pedagogo, Jesús pasa del parentesco de la sangre al parentesco del Reino. Con Jesús, las cosas han cambiado. Para una mujer judía la maternidad lo era todo, pero ahora todo es diferente, los valores del Reino son los primeros: escuchar la palabra de Dios y ponerla por obra.  En la Virgen María confluían las dos cosas: el vientre y el corazón, la generación del hijo y la fe, el sí de la esclava del Señor y el Verbo que se hace carne en su seno.

María es la primera discípula de Jesús, la primera creyente, la primera que escucha y cumple lo que su hijo anuncia. Como madre, tenía siempre delante la Palabra. “María avanzó en la peregrinación de la fe”, dice el Concilio. Ninguno como María fue sometido a la prueba de la fe: un hijo perseguido, maltratado, muerto. Y en los momentos difíciles de Jesús, ella siempre presente.

Hay muchos hijos de María y de la Iglesia que son ilustres oyentes y cumplidores de la palabra de Jesús y de los preceptos del Señor. Hay mucha tierra buena y esponjosa donde cae y da fruto la Buena Noticia del Evangelio. Muchos que se preguntan: ¿Qué nos dice hoy el Espíritu? Sobre esta gente recae la alabanza de Jesús: sois dichosos. Y todos lo resaltamos, y nos llenamos de esperanza y alegría.

Incluso son muchos los que avanzan en su fe, envueltos en oscuridad y tropiezos, llenos de dudas y pesares. Pero, como la Virgen, son fuertes y pacientes, sólo sostenidos por la confianza en Dios.

Una conclusión elemental sería esta: si Jesús relativiza el título de “madre”, ¿cuánto más hemos de relativizar otros títulos y credenciales con los que nos arropamos los hombres? El gran título del Reino, la gran credencial en la Iglesia es el ser hijo de Dios, el ser trabajador de la viña del Señor, el ser un creyente convencido. Estos sí que son dichosos.