2011-09-26

Eguneroko komentarioa

      Entre las jerarquías y las fronteras se nos va la vida. ¡Qué pena! Todo el tiempo preocupados por quién es el más importante. Todo el tiempo mirando las fronteras para que nadie las pase sin permiso. Y todo porque nos movemos con miedo, con temor. El otro, el diferente, es siempre una amenaza. Buscamos en todo momento marcar las distancias, señalar los límites, para que nadie nos invada lo que es nuestro, el pequeño rincón en el que nos sentimos seguros. 
      Terminamos como terminamos: obsesionados con la seguridad. Y tratando siempre de mostrarnos fuertes frente a los otros. Claro que, al final, siempre terminamos que hay alguien que es más fuerte que nosotros y, ante él, agachamos la cabe4za, reconocemos su superioridad. Así se va haciendo la jerarquía social. Con el débil nos hacemos los fuertes. Con el fuerte nos hacemos débiles. Con dos objetivos. Primero, para que no nos haga daño. Y, segundo, para que nos proteja con su fuerza. Así se han constituido a lo largo de la historia, pueblos, naciones, imperios, familias, amistades...
      Una pena porque en realidad eso no pasa de ser una pérdida de tiempo, una ilusión sin sentido. Siempre nos vamos a encontrar a alguien más fuerte que nosotros, que podrá invadir nuestro terreno sin pedirnos permiso. Nunca, por mucha policía y escáneres que pongamos, vamos a conseguir una seguridad total. Nunca. 
      Jesús nos ofrece otro camino. Dejar de pretender ser los más fuertes y de querer estar al centro para sentiros seguros. Reconocer que en el reino los más pequeños, los niños en este Evangelio, son los más importantes. No marquéis fronteras, no estéis asustados frente a los extraños. Todos somos hermanos. Todos formamos un único pueblo. Ahí, en la relación, en la fraternidad, en los brazos abiertos, se encuentra la verdadera posibilidad, la única, de superar el temor ancestral, el miedo que nos termina llevando a la violencia fratricida.