2011-09-02

Eguneroko Komentarioa


Saborear su Vino nuevo o la osadía de vivir en su Fiesta
Nosotros, los amigos de Jesús, ¡a comer y a beber! Eso denunciaban los fariseos, al menos. Y Jesús no parece contradecirles a primera vista. Si esto es así, ¡cuántos se apuntarían al Evangelio “alegremente”! Pero no. Conviene leer el pasaje conjunto para no usarlo según nos conviene. Justo antes (Lc 5,27-32) Jesús ha participado de un gran banquete ofrecido por Leví, el recaudador de impuestos. No tiene pinta de ser una comida austera y, encima, ¡rodeado de publicanos y pecadores!
El mismo Jesús nos da la clave para interpretar su visión del ayuno. Con maestría escapa del planteamiento rigorista y estrecho de si comer o no comer y nos lleva a otro nivel: el de la vida, el de nuestra actitud vital en el día a día. Jesús empeñado en invitarnos a participar de la Fiesta del Reino y los fariseos empeñados en dibujar la vida y la fe como un continuo y angosto “valle de lágrimas”. Es una fiesta de bodas, es decir, una fiesta que celebra el amor para siempre entre Dios y nosotros. Un cambio tan novedoso en la vivencia religiosa que difícilmente es saboreado como buen vino. Nuestro paladar se acostumbra con tanta facilidad a lo conocido y cómodo que el “vino viejo” nos sigue sabiendo mejor. Dicho de otra forma: “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Jesús lo sabe. Y aunque muchos sigan eligiendo ser odres viejos, él no deja de derramar el nuevo para quien tenga la libertad de degustarlo. Vivir así es otra cosa. Ayunar así es otra cosa porque tenemos con nosotros al novio siempre.