2011-07-25

Eguneroko komentarioa

Durante estas semanas veraniegas, muchas personas de todo el mundo se han lanzado a hacer el camino de Santiago. Hacer “el camino” se ha convertido en una práctica muy habitual. El pasado sábado recordamos a Brígida de Suecia, que ya hizo "el camino" hacia mediados del siglo XIV. Hemos oído muchos testimonios sobre la eficacia espiritual de esta práctica en tiempos como los actuales.

Pero hoy, con camino o sin él, la liturgia nos propone centrar nuestra atención en la figura de "Santiago, apóstol", el primero de los Doce en derramar su sangre por el Maestro, en beber su cáliz. El mensaje es nítido. Seguir a Jesús no significa tanto repetir sus palabras, o hacer sus milagros, cuanto dar la vida como él la dio. Por tanto, en el discernimiento acerca de qué es cristiano, el criterio definitivo es el de “dar la vida”. Sigue verdaderamente a Jesús quien entrega su vida.

Muchas personas también acuden a las hospederías de los monasterios con verdadero hambre de espiritualidad. Han leído a Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Se han asomado a los místicos alemanes e ingleses del XIV, sintonizan con prácticas budistas ... y, sin embargo, sienten que no “entran en el Misterio”. ¿Por qué será?... porque que el asunto no consiste en saber mucho sino en “torcer el corazón” hacia el estilo de vida de Jesús. Pretender “entrar” en su misterio y, al mismo tiempo, llevar una vida lejana a la suya es imposible.

Santiago es de los que sigue a Jesús porque muere como él. Esto hay que trabajarlo despacio para que no se indigeste.

CR