2011-06-26

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La carne de Cristo es nuestro pan

La vuelta a la vida cotidiana y los destellos de la Pascua
El fin  de la Pascua ha significado litúrgicamente el retorno a la vida cotidiana. Abandonamos el oasis de luz del tiempo pascual y nos enfrentamos con las ocupaciones y preocupaciones de todos los días. La vida cotidiana es con frecuencia algo gris y puede convertirse con facilidad en la tumba de los grandes ideales. Así también en la vida cristiana: la luz de la Pascua se apaga ante la presión de la realidad chata y estrecha. Pero el retorno litúrgico a la vida cotidiana (a Galilea) quiere decirnos que no tiene por qué ser así. De hecho, el paso a la cotidianidad lo ha marcado Pentecostés, la tercera Pascua cristiana, una nueva explosión de luz. Volvemos a la vida cotidiana iluminados por el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús (que está con nosotros hasta el fin del mundo), el Espíritu del Amor.
De este modo, la liturgia nos dice que la vida cotidiana no es el lugar que entierra nuestros ideales, sino el campo en el que se han de realizar. Los ideales no pueden ser sólo hermosas ideas con las que nos evadimos de la realidad, sino que son universos de valor y de sentido que deben adquirir carne en los acontecimientos, con frecuencia menudos, que componen nuestra vida. La encarnación, como la de Jesús, como toda realización, es siempre un cierto empequeñecimiento, una “kénosis”, un anonadamiento, pero es también una concreción que da densidad real a los ideales puros y abstractos.
Así pues, aunque la Pascua ha terminado y hemos regresado a la cotidianidad de nuestra vida, a Galilea, la liturgia no parece querer despedirse tan deprisa de ese tiempo luminoso. Van apareciendo los destellos de la luz Pascual. El primero, el domingo posterior a Pentecostés, ha sido la fiesta de la Santísima Trinidad, la revelación de la vida interna de Dios, que no es otra cosa que amor: unidad en la diferencia. Y, de hecho, la encarnación del ideal cristiano, de todo el mensaje de la Pascua, es sencillamente el amor, realizado en las pequeñas cosas de la vida cotidiana. El amor no es “una norma”, menos aún una “entre otras”, sino la misma vida de Dios recibida como don y actuando en nosotros. Vivir con sentido, infundir valor a lo que hacemos, ser capaces de renunciar a ciertos caprichos dictados por nuestro egoísmo, estar por encima de nuestros humores y estados de ánimo para prestar atención a lo que realmente vale la pena y a los que nos rodean…, todo eso realiza, aunque sea imperfectamente, el ideal del amor cristiano. Todo eso es posible, y es fruto del Espíritu.
El segundo destello de la luz pascual en el tiempo ordinario es esta solemnidad del Corpus Christi, que tradicionalmente se celebraba el jueves siguiente al domingo de la Trinidad, y que ahora se ha trasladado a este domingo, y que nos alimenta y da fuerzas para amar en el camino de nuestra vida cotidiana.
Comida y bebida para atravesar el desierto

Y es que todos sabemos por experiencia propia que el amor no es un hermoso sentimiento romántico, sino una forma de vida muy exigente que encuentra en nosotros mismos y alrededor de nosotros fuertes resistencias y oposiciones. En el camino de la vida experimentamos nuestra propia debilidad, lo escasas que son nuestras fuerzas para perseverar en el bien, en el mandamiento del amor. La vida se asemeja a veces a ese desierto “inmenso y terrible” de que habla la primera lectura. Es verdad que el desierto es de una impresionante belleza. No podemos injuriar a la vida ni a su Autor, que todo lo hizo bueno y “muy bueno”. Pero tampoco podemos ocultar las durezas y dificultades, a veces terribles, que la vida lleva consigo. En este sentido podemos entender que la vida con frecuencia nos aflige y nos pone a prueba: ahí se revela la consistencia y autenticidad de nuestros valores y de nuestros ideales. Pero esto no significa que Dios nos haya “arrojado” a la existencia, y nos haya dejado a la intemperie para que nos las arreglemos como podamos. En el desierto, en medio de grandes dificultades, el pueblo de Israel experimenta la solicitud de Dios para con él: en aquel sequedal sin una gota de agua sacó agua de la roca y lo alimentó con el maná. Es muy significativo que el texto del Deuteronomio subraye el sentido no exclusivamente material de esa solicitud divina: más importante que el pan y el agua es la fe en Dios, porque “no sólo vive el hombre de pan, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios”. El maná es algo más que un sucedáneo del pan de trigo o de cebada, es un signo y sacramento de la voluntad liberadora y salvífica de Dios, y, en consecuencia, de la confianza del hombre en esa providencia paterna. Y nosotros sabemos que lo que sale de la boca de Dios es su Palabra, que ha adquirido carne y sangre en Jesucristo.
Jesús, pan de vida

Jesús mismo lo dice de sí: él es el verdadero maná que nos alimenta en el camino a veces desértico de la vida, el que nos da la vida eterna, la vida plena. El maná que recibió Israel en el desierto del Sinaí era sólo símbolo y promesa de este pan que ha bajado del cielo. No puede dejar de sorprendernos el crudo realismo con el que Jesús nos comunica hoy esta verdad. Parece querer subrayar que no está hablando sólo en sentido simbólico, que lo que dice no es una mera parábola ni una metáfora: él es pan vivo, y nosotros tenemos que comer su carne y beber su sangre si queremos participar realmente de esa vida que ha venido a traernos. La mezcla de escándalo y sorpresa que suena en la pregunta de los judíos tiene que resonar también en nosotros, si queremos superar la aceptación rutinaria y superficial y entrar en una comprensión más profunda de este misterio, el misterio de nuestra fe.
Jesús, que no ha venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles su cumplimiento (cf. Mt 5, 17), él mismo es el cumplimiento de la Antigua Alianza. Es decir, Jesús no cumple la antigua ley completándola con nuevos preceptos, o sustituyendo, suavizando o radicalizando los viejos, sino que él mismo se convierte en Ley para sus discípulos, ley escrita en el corazón que lleva a perfección y cumplimiento las antiguas promesas; él es el nuevo Templo, destruido y reconstruido en tres días (cf. Jn 2, 19), en el que los adoradores verdaderos adoran al Padre en espíritu y verdad (cf. Jn 4, 23), porque él es al mismo tiempo el Sacerdote, Víctima y Altar, que ha realizado el sacrificio agradable a Dios de una vez y para siempre ofreciéndose a sí mismo (Hb 7, 27). En idéntico sentido, Jesús es el verdadero maná, el pan verdadero que nos alimenta y nos da fuerzas para, atravesando las pruebas de la vida, podamos ya desde ahora gustar las primicias de la vida eterna.
El crudo realismo de las expresiones usadas por Jesús en el capítulo sexto del Evangelio de Juan corresponde con sus palabras en la última cena de los otros Evangelios: “esto es mi Cuerpo, esto es mi Sangre”. Jesús no utiliza aquí el giro usado en otras ocasiones: “yo soy el buen pastor, yo soy el agua viva, …”; sino una expresión indicativa y directa: “mi cuerpo, esta es mi sangre”, que subraya el realismo fuerte de esa identificación. Pero este realismo, ¿a qué realidad alude? Una vez más, ¿no han de suscitar estas afirmaciones tan duras una protesta similar a la de aquellos judíos contemporáneos de Jesús?: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
El cáliz bendecido y el pan partido

El texto de Pablo a los Corintios nos ayuda a entender el sentido profundo de este comer y beber, de esta presencia real del cuerpo y la sangre de Cristo en el pan y el vino eucarísticos. La realidad de que hablamos aquí es algo más (y algo más profundo) que una mera realidad física (sería mejor decir, físico-química), es algo más que meras “cosas”, inertes y estáticas. Como dice Pablo, se trata de un cáliz bendecido, por el que entramos en comunión con la sangre de Cristo; y de un pan partido, por el que entramos en comunión con su cuerpo. El pan de trigo y el fruto de la vid se introducen en una acción simbólica y litúrgica que les da un significado nuevo y real: la Pasión de Cristo, en la que Jesús entregó realmente (y no sólo de modo simbólico) su cuerpo y derramó realmente su sangre por nosotros, por puro amor. No en vano, cuando el sacerdote tras la consagración anuncia: “Este es el sacramento de nuestra fe”, la asamblea proclama y confiesa: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”. Es este realismo de la Muerte y Resurrección de Cristo lo que da realidad a su gesto, realizado en la última cena, de repartir el pan y el vino entre sus discípulos, para que ellos lo hicieran en memoria suya. No es una mera transformación “físico-química” entre cosas estáticas y cerradas sobre sí, por la que “una cosa” (un trozo de pan, un poco de vino) se convierte en “otra cosa” (un pedazo de carne, unas gotas de sangre), sino de una dinámica de relación y de entrega: es un vino bendecido y derramado como la sangre de Cristo, un pan partido y entregado como el cuerpo de Jesús en la Cruz. La presencia real del cuerpo y sangre de Cristo en el pan partido y el cáliz bendecido responde, por tanto, a la realidad dinámica del salir de sí, ir al encuentro, dar la vida, entrar en comunión.
Comer la carne y beber la sangre de Cristo en el pan y el vino eucarísticos significa entrar en una comunión vital con Él para hacer así propia y real en uno mismo la dinámica de la vida de Cristo: una vida entregada hasta la muerte. Por eso es tan importante alimentarse con este pan y este cáliz, comer esta carne y beber esta sangre: sólo así podemos hacer de nuestra propia vida una ofrenda de amor a los demás como la del mismo Cristo, encarnando de esta manera en nuestra cotidianidad la luz de la Pascua, el ideal realizado que hemos contemplado en la muerte y resurrección de Jesucristo.
Aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo: la Iglesia

La comunión en el cuerpo y la sangre de Cristo no sólo nos sirve de alimento para el camino a título individual. El sacramento eucarístico es comunitario por antonomasia. La comunión con Cristo nos hace entrar en comunión entre nosotros, y así se constituye la Iglesia. La celebración del Corpus Christi no puede ser más que la celebración de la comunidad de los discípulos reunidos en torno a Jesús para escuchar su Palabra, reconciliarse entre sí, si hay alguna enemistad entre ellos, interceder por las necesidades de todo el mundo, alabar al Padre común y reforzar la comunión en un mismo cuerpo al comer todos del mismo pan que Jesús parte para nosotros.
Y si cada uno, al entrar en comunión con el Cristo que entrega en la Cruz su cuerpo y derrama su sangre, recibe fuerzas para realizar en su vida cotidiana el sacrificio del amor, asimismo la Iglesia, cuerpo de Cristo, tiene que vivir no para sí, sino para anunciar la Buena Noticia de la Pascua, haciéndola real mediante la propia entrega, hasta derramar su sangre si es preciso, por la salvación del mundo entero.

José María Vegas, cmf