2011-06-24

Eguneroko komentarioa


EL NACIMIENTO DE MUCHOS PROFETAS

            La presencia de Juan Bautista en el santoral católico es peculiar. Junto con Jesús y María es el único del que celebramos la fiesta de su nacimiento, y pocos más pueden «presumir» de tener varias fiestas a su nombre (Pedro y Pablo). Entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan el Bautista, dice el Evangelio. Para añadir también que el más pequeño de los discípulos de Jesús es más grande que él.

          El nacimiento de un profeta y su posterior misión, resultan siempre incómodos. Decía uno de mis profesores que resultaba muy significativo que en la Iglesia celebremos a Jesús como Rey y como Sacerdote con el rango de solemnidades... pero no haya una fiesta de Cristo «Profeta». Los profetas verdaderos siempre resultan incómodos.  Pero esta fiesta nos debiera hacer mirar... hacia nosotros mismos. Porque el día de nuestro Bautismo fuimos consagrados como sacerdotes, reyes y «profetas». Debiera ser así: el día de nuestro Bautismo-Confirmación nacimos, fuimos consagrados, como profetas al servicio de Dios, como portavoces de Jesús, como anunciadores y testigos del Reino.
         Las lecturas escogidas para esta fiesta nos ofrecen algunas claves.
         Siguiendo a Isaías, comencemos por resaltar el gozo de autoproclamarse profeta a los cuatro vientos: Escuchadme, islas... pueblos lejanos... luz de las naciones... Todos deben saber de nuestra condición de profetas. Hemos sido elegidos, llamados, «nombrados» así desde antes de nuestro nacimiento. Quiere decirse que no estamos aquí por casualidad, que hay Alguien que nos ha dado la existencia para que le sirvamos, y que ese Alguien está orgulloso de nosotros, aunque no se indica ningún motivo para ese orgullo. Incluso cabe pensar que el «elegido» ha andado distraído, ocupado en otros asuntos, antes de descubrir su verdadera tarea o misión. No pocas veces es la experiencia de muchos bautizados, que andamos cansados «en viento y en nada», gastando nuestras fuerzas... hasta el día en que descubrimos que el Señor intentaba conducirnos, descubrirnos que él es nuestra fuerza, que nos honraba queriendo contar con nosotros. ¿Para qué? Para hacernos «luz de las naciones». Parecido a lo que Jesús proclamó más adelante respecto a los que son sus discípulos: «Vosotros sois luz del mundo». Atentos a la expresión: «te hago». No dice «tienes que ser», no dice «esfuérzate en». Sino «te hago». Por ser llamado, consagrado, bautizado, elegido, hecho discípulo, el Señor te convierte en «luz», hace de ti una luz para las gentes.

           En cuanto al Evangelio, cabe destacar la «ruptura» que tiene lugar en el nacimiento, circuncisión e imposición del nombre al hijo de Zacarías e Isabel. Según la tradición judía, el hijo único (más aún si es de la casta sacerdotal) debía seguir la tradición del padre, cogerle el relevo, mantener la tradición familiar. El hecho de que el nombre no coincida con el de su padre ni con el de ningún pariente (de la casta sacerdotal) quiere decir que aquel niño seguirá otros caminos («¿qué va a ser de este niño?»). El precursor del Mesías se aleja del templo, de la estructura social judía, para convertirse en un «alternativo». Es lógico, porque también Jesús se apartará del nacionalismo, de la estructura social de castas, romperá con el templo y con el culto tradicional... para iniciar nuevos caminos.

         Juan optó por retirarse al desierto, apartarse de todo aquello que encerraba a Dios en esquemas fijos, en tradiciones, etc... y poner otros acentos. El Bautista reclamará justicia y honradez, el Bautista denunciará la inmoralidad de los gobernantes, el Bautista llamará a un «cambio de vida», se dedicará a preparar caminos, despertar deseos, suscitar actitudes nuevas,  y a abrirse al mensaje de salvación del que viene detrás de él. Así que se convirtió en un personaje incómodo, como es incómodo cualquier portavoz de Dios (=profeta), y cualquiera que cuestiona las tradiciones y el sistema.
           Hoy estaría fuera de lugar (supongo) marcharse al desierto y vestirse de maneras raras. Quizá no esté tan fuera de lugar tomar distancia de las estructuras, de los personajes, de las instituciones, del «sistema» que tanto nos condiciona... para descubrir y poner en práctica un estilo de vida alternativo. No es necesario que nos inventemos cosas extrañas (o tal vez sí, si así hiciéramos reaccionar a las gentes), porque Jesús ya nos ofreció ese estilo de vida alternativo y luminoso para las naciones de hoy, y las vocaciones de cada uno, vividas desde la experiencia de Jesús de Nazareth, aportarían cada una su «granito de sal» o su chispa de «luz»: El saber acoger y escuchar, el acercarse a los excluidos del sistema, el prestar más atención a la justicia, a la paz, a la misericordia, el ser mucho más disponibles y serviciales, el huir de las tentaciones de dar la mano al poder (económico, político o del tipo que sea)... en resumen: que las naciones, al mirar a los bautizados, pudieran exclamar: «Mirad cómo se aman»... en vez de escandalizarse por tantos de nuestros pecados.

       Este «asunto» de ser discípulos-profetas sería mucho más largo de concretar y  desarrollar. Sencillamente unas pequeñas pistas para nuestra oración y conversión personal.  Ojalá que de cada bautizado, de cada discípulo, de cada creyente, pudiera escribirse: «...iba creciendo y su carácter se afianzaba». Juan Bautista, patrono de todos los bautizados-profetas, aunque a veces andemos despistados, gastando nuestras fuerzas en viento y en nada.

Enrique Martínez, cmf