2011-06-15

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Los deberes morales y la pureza del corazón

La triada limosna, ayuno y oración es la expresión de las tres relaciones fundamentales en las que inevitablemente vive el hombre, y que constituyen las tres fuentes primarias de exigencia moral: la relación con los demás, la relación consigo mismo y la relación con Dios. Con los demás debemos ser justos y benevolentes; en relación con nosotros mismos debemos controlar y dominar las propias inclinaciones; en relación con Dios, hemos de elevar nuestra mente y nuestro corazón para reconocerlo, alabarlo, adorarlo y someternos a Él. Pero Jesús no se limita a recordarnos estas obligaciones elementales, sino que nos exhorta a practicar estas virtudes (si queremos decirlo de manera clásica: las de justicia, templanza y religión) con pureza de corazón. Porque nuestra inclinación al pecado no se expresa sólo en la contravención de nuestros deberes (siendo injustos e inmisericordes, entregándonos a nuestras bajas pasiones y viviendo de espaldas a Dios), sino también en su instrumentalización, que los convierte en meros medios para fines egoístas: exhibirnos, atraernos la aprobación o la admiración social, hacer de este modo carrera. Jesús nos llama a hacer el bien por el bien mismo y no por los beneficios añadidos que podamos obtener de él. Es una llamada a la generosidad que sabe posponer los beneficios inmediatos al bien elegido por razón de sí mismo, por su intrínseca dignidad. Es la misma llamada que se percibe en la exhortación de Pablo a sus cristianos de Corinto, cuya promesa de favores por parte de Dios evidentemente no se refiere a bienes contables recibidos en esta vida. Y es que, de hecho, la felicidad y el bienestar material a los que aspiramos tan legítima como inevitablemente dependen de múltiples factores que no están en nuestra mano y, por tanto, no hay modo de asegurárselos en esta vida, incluso si, transgrediendo todo límite moral, usamos medios ilegítimos (desde el egoísmo más craso, hasta la sutil instrumentalización de la virtud). Lo único que en esta vida depende completamente de nosotros es el vivir con dignidad, honestamente. Y, como hacer esto significa, a fin de cuentas, reconocer de un modo u otro la fuente de todo bien, que es Dios, vivir con dignidad, aún a costa de perder en esta vida, significa abrirse a esa clase de bienes definitivos que sólo Dios puede otorgar, y en los que la vida vivida con dignidad y el deseo de felicidad encuentran por fin acuerdo y armonía.

Saludos cordiales
José M.ª Vegas cmf