2011-05-24

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"ME VOY Y VUELVO A VUESTRO LADO."

Las palabras de Jesús, dichas antes de padecer, y antes de resucitar, toman un sentido profético y quedan confirmadas en los diferentes relatos pascuales, en los que se describe la aparición de Jesús a María Magdalena, a Tomás, a los discípulos en Tiberiades, pero sobre todo a los dos que caminaban hacia Emaús.

Si la promesa del Maestro a sus discípulos de acompañarlos tuvo confirmación en los días posteriores a la resurrección, su afirmación a la hora del envío –“Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”-, contiene la certeza de su cumplimiento.
Jesús permanece junto a nosotros en el Sacramento de la Eucaristía. Su presencia real es la mayor garantía de su acompañamiento, gracia que se experimenta durante la andadura de la vida, cuando se acude a la posada del sagrario para estar en adoración ante el tabernáculo.
Jesús sigue junto a nosotros con el acompañamiento de su Palabra viva, apoyo y bordón para el camino, ayuda para discernir los pasos, elegir la dirección adecuada, confirmar el sendero, provisión que alimenta el corazón con el manjar que sacia la sed y el hambre de trascendencia.
Jesús sigue haciéndose el encontradizo a través de acontecimientos, algunos de ellos muy difíciles de reconocer, envueltos en el dolor de la ausencia, en el despojo inesperado de seres queridos, en la pérdida de toda seguridad; son heridas de las manos, pies y costado del Resucitado, que se convierten en motivo de solidaridad, compasión, y hacen surgir lo más noble y generoso del corazón.
Jesús sigue llamado a la puerta de cada persona en figura de otro, en la mediación del prójimo, en la compañía amiga, solidaria, fraterna, en el regalo del amor limpio y gratuito.
DISCERNIMIENTO
¿Te sientes acompañado de Jesús? ¿Acudes a Él en tu camino, donde discretamente te espera? ¿Has llegado a reconocer el paso del Señor en acontecimientos, noticias, personas que te rodean?
TESTIMONIO
Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús al partir el pan. San Martín de Tours, al partir su capa con un mendigo, reconoció que el pobre era Cristo. Francisco de Asís, cuando superó su repugnancia y se atrevió a besar a un enfermo, se encontró con el rostro de Jesucristo.